2 de marzo de 2013

DE IDEOLOGÍAS POLÍTICAS

PALABRA DE CÍCLOPE



Caricatura de Quino






Las ideologías fomentan el síndrome de desnutrición mental,  discapacidad de los dirigentes políticos al pensar que gobiernan para incondicionales aplaudidores sin tomar en cuenta que la nación abarca también a los que abuchean. 

Las ideologías son territorios imaginarios excluyentes: los azules están a la derecha de los rojos y éstos a la izquierda de lo inexistente, los verdes, amarillos y rosas se inclinan hacia donde pese el presupuesto. Entre ellos se apedrean con los peores adjetivos porque no se convencen, se miran en el espejo de la ignominia y esperan verse sumergir en el pantano aunque hundan al país consigo.

Las ideologías carecen de matices y oídos, siembran guerras y discordias, fanáticas de sí mismas se auto proclaman la verdad de las verdades, la vanguardia para llegar a las utopías. Pero todas, al alcanzar el poder pactan tributos, privilegios y prebendas.

Las ideologías son piedras de toque del adoctrinamiento, uña y mugre del sistema religioso, los adeptos siguen al líder o al pastor sin levantar la cabeza, se tiran sin chistar al barranco.

Las ideologías impiden el desarrollo de todo tipo, ataduras inmisericordes del humanismo, borran el derecho al disenso en aras de perpetuarse.

Las ideologías acostumbran ser solemnes y tediosas, les cuesta mucho reinventarse, es más fácil encontrar círculos en el cuadrado que frescura en la canícula ideológica.

Las ideologías son la calcinante aridez, la privación de memoria e historia individual para privilegiar la identidad de las masas, llámese, el anonimato.

Las ideologías son las perversiones superlativas del hombre para manejar a sus semejantes. Manipulo entonces existo, sentencia  acentuada en grados mayores en ciclos electorales.   

Las ideologías no potencian la libertad son anclajes de la imaginación, se alimentan de la credulidad de los incautos, son trampas cazabobos emperifolladas de democracia, la mutación de ideales en intereses.

Las ideologías son el penúltimo peldaño antes de la barbarie.

Gabriel Otero

18 de febrero de 2013

DEUDORES Y ASESINOS

PALABRA DE CÍCLOPE






La justicia en El Salvador tiene la claridad de la ceguera: persigue a los deudores hasta despojarlos, incluso de su nombre, y deja libres, campantes y felices a los asesinos que llegan a curules, ministerios,  consultorías y asesorías internacionales y más allá.

Constitucionalmente nadie puede ser encarcelado por deudas, pero los pagarés y letras de cambio son el harakiri legal cuando la insolvencia impide sustentarlos.

La justicia vendada puede palpar las firmas de los deudores a los que dicta embargos y autos de formal prisión por estafa,  pero olvidadiza, no distingue los rostros de los asesinos aunque los acaricie, ni siente olores a pólvora porque hieden a paz. 

El asesinato es el pasatiempo, el antivalor practicado por naturaleza, matar no es un crimen si las purgas filiales contribuyen a la estabilidad nacional,  pero en las deudas sin pagar se infringen los códigos de honor pilares del sistema. Manipulación grosera del valor de la confianza de quienes han hecho de la usura un modo superior de dominio.

En la promulgación de la “Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz”, aprobada en marzo de 1993, se aplicó el paliativo forzado del perdón en supositorios. Y así autores intelectuales, sicarios y ajusticiadores anduvieron impunes saludando a la patria orgullosos y  promoviendo la cultura de paz. 

Pero cuando se buscó el olvido para las deudas por desempleo los usureros mayores, los banqueros, protestaron porque el dinero es la vida y la vida se va en costear los intereses y el régimen no puede fomentar la cultura de no pagar.    

Y así el destino del deudor es  vivir mal y callarse, pagar sangrando en la mar de tiburones y salvar el prestigio, la idea romántica de la palabra,  manoseada por los abusivos violadores habituales.

Y el asesino disfruta de sus burlas diarias a la historia, se carcajea porque nadie lo juzgará hoy, pero más tarde que temprano, o sea mañana,  llegará el momento de ajustar cuentas, ese largo e inacabable escapulario de víctimas esparcidas por doquier.

Pero hoy, sin duda, el asesino goza de más privilegios que un deudor ¿será porque la justicia salvadoreña no tiene espada ni balanza?  

Gabriel Otero

13 de enero de 2013

TODO CAN ES INOCENTE HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO


PALABRA DE CÍCLOPE




Los insondables caminos de la justicia a veces toman giros insospechados, lo que parece de seguro no lo es y lo que es no es lo que parece.

Hay vidas complicadas, de perros, dedicadas a la lucha descarnada por la supervivencia, el castigo de Adán recibido de ese Jehova vengativo y caprichoso del Viejo Testamento, anciano bipolar del que absolutamente nadie se quiere acordar, ni siquiera los ortodoxos que flagelan sus pecados con silicio. Cristo no sólo vino a salvar la humanidad sino también a rescatar la imagen bastante maltrecha de su padre.

En el Cerro de la Estrella, escenario de representaciones religiosas  como el tradicional Vía Crucis, organizado desde 1843, aparecieron cinco cadáveres en menos de una semana: los primeros fueron una mujer y su bebé, los segundos una pareja de adolescentes y la última una estudiante de secundaria que abandonó la escuela por la necesidad de trabajar. Los cuerpos tenían señales de mordeduras de cánidos e incluso había partes de las extremidades inferiores en los que quedaban los puros huesos.        

El Cerro de la Estrella está ubicado en la Delegación Iztapalapa al oriente de la ciudad, ésta es una de las 16 demarcaciones del Distrito Federal en la que habitan 1 millón 800 mil personas, es de hecho, la circunscripción más poblada de todo el país y es una zona con altos índices delincuenciales y de marginación.

Toda ficción es permisible para los impartidores de justicia en México, como los suicidios de cinco balazos por la espalda, los muertos que caminan y se entierran solos y los cadáveres de niñas que se esconden entre el colchón y la base de la cama para aparecer inodoros y frescos quince días más tarde.

Para los cinco asesinados en el Cerro de la Estrella las conclusiones periciales en criminalística eran contundentes: “….las lesiones que presentaban los cuerpos fueron provocadas por presión, deslizamiento y perforación de los tejidos blandos…y fueron producidas antemortem y postmortem, y que el lugar del hallazgo corresponde al lugar de los hechos”(1).

Las indiciadas, según las indagatorias, resultaron las jaurías de perros ferales por lo que las autoridades se dieron a la tarea de revisar parte de las 60 cuevas del Cerro de la Estrella y de capturar 25 canes famélicos, pulgosos y de aspecto inofensivo para presentarlos a la luz pública alimentando así la perversidad de las conjeturas.

Los cánidos fueron exhibidos tras las rejas y tuvieron el mismo tratamiento mediático que se les da a narcotraficantes y secuestradores. Nadie creyó el montaje lastimero y ridículo y hasta ofensivo para los familiares de las víctimas, es inaudito que las jaurías ataquen con la precisión de un asesino serial, y además, en lapsos muy cortos para intentar satisfacer su gula de carne humana.  

No se cuestiona en ningún momento su ferocidad pero en otros sitios de la Ciudad de México las agresiones de cánidos ferales han sido aisladas y muy espaciadas temporalmente y sin llegar a causar la muerte.

Las hipótesis populares señalan que lo más factible es que hayan tirado los cadáveres en el Cerro de la Estrella o bien que los autores materiales de los crímenes los hayan cometido in situ y que los perros se comieran los restos.

Y después de haberles practicado los análisis correspondientes a los 25 canes presos se concluyó que no eran culpables, no encontraron evidencias gástricas que los sentenciaran al matadero.    
     
El asunto dejó al descubierto el maltrato animal, el abuso sistemático  de otras especies por parte del hombre y la crueldad del abandono de mascotas. Se calcula que siete de cada diez perros que andan en la calle tuvieron dueño (2) y que hay 120 mil canes sueltos en el Distrito Federal.

Este es otro más de los problemas creados por el hombre que sigue empecinado en autodestruirse.

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(1)  “Muertes en Iztapalapa si fueron por mordidas de perros”, nota de Expediente Noticias, 7 de de enero de 2013, http://www.expedientenoticias.com/muertes-en-iztapalapa-si-fueron-por-mordidas-de-perros-5795  
(2) “Tuvieron dueño 7 de cada diez perros”, nota de El Universal, 12 de marzo de 2011, http://www.eluniversal.com.mx/notas/751301.html
 
Gabriel Otero



11 de noviembre de 2012

LA LITERATURA SALVADOREÑA Y MÉXICO: UN TRIBUTO MÍNIMO*

PALABRA DE CÍCLOPE




 Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, fotografía cortesía de la Secretaría de Turismo del Gobierno del Distrito Federal

Al leer el título de esta conferencia: “La literatura salvadoreña y México”  en la programación de la Décimo Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo 2012 me pareció una absoluta provocación acordarse, o cuando menos intentarlo, de los escritores coterráneos que han residido en este solidario país y la monumental gratitud que le adeudamos.

Mucho se habla de las migraciones de intelectuales españoles, argentinos y chilenos propiciadas en un lapso de cuarenta años por los gobiernos de Lázaro Cárdenas hasta José López Portillo,  pero poco se sabe que una muy buena cantidad de creadores salvadoreños se han afincado, por diversas circunstancias y en diversas épocas, en México.

La idea original de este texto me la regaló Carlos Cañas Dinarte y  puede ser un boceto y a la vez un homenaje al ombligo de la luna, este sitio tan querido y admirado por todos nosotros. Planteemos entonces un ejercicio de la memoria.  

Álvaro Menéndez Leal

Tengo presente a Álvaro Menéndez Leal, el dramaturgo, narrador y poeta mostrándome unos versos caligráficos en forma de margaritas cuando él era Agregado Cultural de la Embajada de El Salvador en México. Admirador de Basho y cultivador del epigrama, tenía un pequeño despacho en cuya ventana se miraba perfectamente la calle de Campos Elíseos en Polanco. 

Él fue el primer escritor profesional que conocí a instancias de mi padre.  Álvaro, al inicio, se mostró receloso e incluso entre risas me comentó  la preocupación de mi padre de que yo vendiera enciclopedias de puerta en puerta si estudiaba la carrera de letras. Por fortuna se equivocó, aunque quien sabe, ando cargando mis versos pero nadie me los compra.

Fuimos amigos hasta que un suceso nos alejó y que transcurrió cuando yo era editor de la revista Presencia del Centro de Investigaciones Tecnológicas y Científicas  (CENITEC) en El Salvador en la que estábamos por publicarle la obra La bicicleta al pie de la muralla.

Álvaro como autor podía ser la migraña de cualquier editor o una patada en la entrepierna: el dolor seco en los cojones que a cualquiera halla desprevenido y a la vigésimo tercera revisión de su obra y cambios de puntuación discutimos muy fuerte, jamás lo volví a ver.

Después me dedicó un par de guiños y burlas públicas que tomé con filosofía mientras apretaba los dientes.

Ítalo López Vallecillos

Recuerdo a Ítalo López Vallecillos, a quien Centroamérica le debe gran parte de su estructura para publicar libros: UCA Editores, Educa y Editorial Universitaria. Era famoso por su rigor literario y por haber acuñado el término de Generación Comprometida a la que pertenecieron poetas tan connotados como Roque Dalton, José Roberto Cea y Alfonso Quijada Urías y narradores como Manlio Argueta.

A Ítalo lo conocí muy poco, no lo suficiente, me lo presentaron en alguna fiesta a esas de las que asistía lo más selecto del exilio. Cuentan las leyendas negras que era un editor inclemente con las tijeras y lápiz  en la mano, de esos  ya extintos.

En febrero de 1986 yo estaba fuera de su habitación en el Sanatorio Español cuando se le escapó la vida entre suspiros, la anécdota suena a periodismo grosero o a confesión amarillista, segundos después de su muerte las puertas de los ascensores se abrieron y cerraron no menos de diez veces sin gente adentro.

Horacio Castellanos Moya

Rememoro mi última reunión con Horacio Castellanos Moya en la cafetería de la Librería Gandhi. Estaba por escribir El asco, una novela aceptada por las mentes abiertas y odiada por los nacionalistas y los sectarios, como todo lo que él ha escrito.

Años antes él había publicado La diáspora novela creada en una encerrona de varios meses en Tlayacapan, Morelos, que tenía como locación las entrañas de la de la Ciudad de México y que narraba los incidentes en el exilio de la disidencia revolucionaria.

La diáspora poseía como oscuro telón de fondo una historia de traiciones: el asesinato de Mélida Anaya Montes y el suicidio de Salvador Cayetano Carpio, máximos dirigentes de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), una de las cinco organizaciones que conformaban el Frente Militar de Liberación Nacional.

Charlamos, sin prisas, toda la tarde, el camino que tomaban los acontecimientos en El Salvador en la posguerra era para alarmar a cualquiera, era triste percatarse que el país nunca ha tenido remedio.     

Horacio regresó a México a desempeñar el cargo de jefe de redacción de Milenio Diario, acordamos vernos en un par de ocasiones que no se concretaron.

Jorge Pinto hijo

Estar lejos de donde uno nace y querer estar ahí y no poder regresar es el desgarramiento puro:  a nadie le dolía más el exilio que a Jorge Pinto hijo, periodista y escritor de abolengo, autor del libro El grito del más pequeño y director del periódico “El Independiente” al que incendiaron varias veces en las épocas de mayor represión.

Jorge era mi padrino de bautizo y fue durante la misa del primer aniversario de la muerte de su madre Doña Sara Meardi de Pinto, mi madrina, que asesinaron a Monseñor Óscar Arnulfo Romero el 24 de marzo de 1980.

Jorge fue un apasionado interlocutor atacado por una embolia que atenuó aún más sus deseos irrefrenables de retornar al terruño.   

A Jorge le causó un gusto enorme cuando me incorporé a Diario Latino, el decano de la prensa escrita en Centro América que fue fundado en 1890 por Don Miguel Pinto, uno de sus antecesores.

Jorge falleció a principios de la década de los noventa, se hubiera desencantado por las circunstancias actuales de su país y no es extraño conjeturar que de haber tenido las energías hubiera refundado “El Independiente”.     

César Alberto Ramírez Alvarenga “Caralvá”

La reunión con César Ramírez Alvarenga “Caralvá” y René Rodas, la concertó mi hermano Mario una noche de 1987 en el bar de Sanborn’s del María Isabel Sheraton.

César traía el proyecto de una revista literaria internacional del estilo de “Quimera” y el machote del poemario Cuando la luna cambie a menguante de René Rodas.

Y sucedió lo que siempre sucede con los proyectos independientes de revistas literarias: nadie sabía cómo conseguir fondos para publicarla, pero la plática resultó deliciosa y a la larga produjo una sociedad que inició en el Suplemento Cultural Tres Mil, siguió en el programa radial “Literatura Stereo” y concluyó en el programa televisivo “Tierra de Infancia”.

Con la sensación de escribir la historia

Bastantes autores salvadoreños han vivido en México: Pedro Geoffroy Rivas, Roque Dalton, Rafael Menjívar Ochoa, Ricardo Bogrand, Luis Melgar Brizuela, Rafael Lara Martínez, Roberto Laínez, Melitón Barba, Giovani Galeas, Mauricio Vallejo Márquez, Lauri García Dueñas y Ana Escoto, entre muchos otros.

Y es que acá se tiene la sensación de escribir la historia: la oculta, la personal, la desconocida, la que luego se relata o se disfraza.


* Texto leído en la charla “La literatura salvadoreña y México” de Gabriel Otero el  domingo 28 de octubre en el Foro Carlos Fuentes de la Décimo Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo 2012.

Gabriel Otero